Quién no ha visto esas películas en España… me decía un conocido. Encareciendo lo desenfadado, lo cómico y lo entrañable –sobre todo en la primera de ellas, los ocho apellidos vascos. Por lo que a mí hace, ese título nunca me produjo simpatía –como tampoco el que vendría después, referido a Cataluña: será por lo que subyace en ellos de linaje o abolengo excluyente y pueblerino. O todavía más, por las consecuencias a las que ha llevado un dislate tan enfático, tan ciego mucho más que apasionado. Nadie me pudo decir que vería una de ellas en un cine improvisado de verano: un tropiezo inesperado junto a la casa del Cid –de vacación y en capital castellana.

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