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En pueblos de antepasada nobleza y recorriendo España, el claror del cielo perfila tejados abombados, enmohecidos. Campanarios, fachadas de albero o azulete -y de cal recrujiendo su blancura. Con gentes francas que acogen, manteniendo una distancia caprichuda y elegante. En estas poblaciones, es sensación apacible sentirse tal incipiente vecino –forastero sólo cierto punto aposentado. Vengo a estas consideraciones, esta vez, con ocasión de la ciudad de Mula –camino al noroeste de la región murciana. Mahula la Rica, que dicen los anales. Con sus cuestas empinadas hacia portales de iglesias, camino imposible hasta el castillo roquero que fuera demarcación de los predios de marqueses velezanos. Cabecera de comarca –aguardando un nuevo impulso que le imprimiera la historia. La historia que acontece silenciosa y día a día –en modo de laboreo, de ocasión y de justicia. Entre tanto, un lugar que frecuentar -por sentirnos familiares de su luz, de sus calles, de su aire y cielo claro. Por esa vecindad sin confusión que, ignorante de sí, ofrece su población y nos brinda la belleza.

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