Me lo dijo una vez: que, cansado como estaba, pensaba en retirarse. No sólo del trabajo. De la diversión, de la compaña, del trato, de los hombres. Por reposar en sí, por fatiga de esa lucha cotidiana contra la inercia ajena. Contra esa perversión de la res que, empecinada en sorda resistencia, hundiera su pezuña entre los barros del camino. Y así lo quiso hacer, mas no lo hizo. No por deber, ni por necesidad de obrar, ni tampoco por un hábito. Por falta de valor –me lo decía. Por no emprender camino llevadero hacia lugar ninguno. Por no iniciar un cierto, o previsible, desatino.

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