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Siempre he visto con no poca extrañeza a los muchos que –en la playa, en su arena, en las ciudades, las terrazas…- hallan su deleite en horas prolongadas al sol. Por mi parte, bien sé que con fuerza lo rehúyo al poco tiempo -como algo insoportable. No obstante una cosa es sentir su picacera inmediata en los poros –y cosa diferente recordar el sol que nos tuvo y que hace tiempo se ha ido. Vengo en escribir de esto como por el recuerdo –un hilo que recién llega, y que tiene que ver con el sol de hace años en lugares del Albaicín. En la Plaza de San Miguel Bajo –corazón mismo, junto al que fuera residencia de solaz del Rey Chico. Yo recuerdo esta plaza con sus bares: Martinete, Lara y Sevilla. Recuerdo el vino costa, el fino –con su tapeo, y con sus cañas a veces. Y recuerdo, en los inviernos, mi juventud y su sol. Frecuente elegir mesas –con compañeros y amigos- mitad soleadas, y en umbría la mitad. Un sol que veía inagotable y permanente –quieto, un día tras otro, en su cenit granadino. Hoy rememoro este sol que –con Heráclito, pues no seremos los mismos- no volverá a acontecer.

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