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Día a día, en democracia, hay presión del interés particular de ciudadanos –compulsión sobre organismos concebidos en orden al bien común, o al interés general. A sabiendas de que quien gobierna es rehén de las urnas cada tanto. E incluso rehén cotidiano –según la fuerza ejercida: público, calendario u ocasión. Afirmo que, por connatural que sea el egoísmo, se conduce de este modo a una desvertebración social. En mis lecturas de hace años, sopesaba curioso el concepto pietista del deber. Seguro que el lector recordará: lo que se hace no conforme al deber, sino sólo por mor del deber. Algo que exige, no lo veo de otro modo, una muy acendrada conciencia política y social. Mi experiencia cotidiana en el trato con los hombres, me muestra cuán difícil resulta encontrarse con una conciencia así. Aunque quizás ese principio pietista sea contrario a una ordenación democrática bastante habitual –un juego solipsista de egoísmos, confiados en su resultante armónica. Un riesgo que el común corre insensato. O un ardid de la razón.

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