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Alicante –la provincia- era inhóspita por un exceso en su luz, para el niño que yo fui en algún momento. Yo recuerdo la herida, que todavía revivo, de una luz desbocada y marinera. También en lugares y pueblos sin ventanas a la mar, sin puertos y sin arena –sin faros y sin velero. Esos pueblos todavía no litorales. Con sus huertos que se abren parte a parte –lejos del secreto minifundio de la Murcia tan cercana. Ya entonces, en la niñez que tenía, era demasiada luz para cielo tan abierto. Y sin embargo, regreso. Como retornar a ese lugar que la luz abre a más luz –en un riesgo, o en embeleso tal vez. Como para no soñar –si la luz no fuera un sueño.

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