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Esto de querer ganar las elecciones, no digo que sea finalidad bastarda en un partido. Pero se antepone con mucho a la que debiera ser aspiración primera: tener algo que ofrecer a la nación, y creer en la bondad de aquello que se le ofrece. De aquí, el desconcierto del discurso de todos o de algunos en los tiempos de elecciones. Recientemente, sin más, un partido español decía de elevar a los dieciocho la edad de la escuela obligatoria. El mismo, hoy, de bajar a los dieciséis la edad del derecho al sufragio ciudadano. Tal si fuera concebible que quien –a los ojos del Estado- tiene edad todavía de recibir la educación básica, fuera sujeto político con capacidad de influir en los destinos del país en igualdad y con todos los derechos. El mismo partido que no ha tanto habló del Ministerio de Defensa, o de denunciar un concordato inexistente. Salvo que se pretenda un corrimiento del cuerpo electoral hacia edades más imberbes –en la falacia de pensar que es región donde existen votantes que a ellos sin dudarlo pertenecen.

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