Es posible que el lector haya acudido al teatro, o así lo proyecte, a la puesta en escena de esta obra de Éric Assous. Y tal vez sin propósito de asistir a una obra que señale inflexión de ningún género -en la escenografía ni el guión. Aunque tampoco resulta una oferta difícil de recomendar. Seguramente por su aura contemporánea: el tono minimalista y el pragmático planteamiento de principios para la amistad –o su complemento en paralelo, la pareja o el amor. En un decorado de blancura y limpieza posmodernas, una escena a la que le cuesta llegar a captar el interés. Mas llegada hasta ese punto, se asiste a un sabroso recorrido movido de una tensión: experiencia coloquial y cotidiana a la que el espectador puede asentir con bastante comodidad. El entresijo de la obra, dramático –con su punto previsible de folletín policiaco-. Tragicómico tal vez. Los actores –quitando a Gabino Diego- sobreactúan con frecuencia –movimientos no creíbles, tanto en tanto. Y un final de la obra que se aproxima a lo flojo: tal si –planteado lo que en ella se plantea- no resultara sencilla la manera de acabar.

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