Los funcionarios, dígase lo que se diga, tienen un pundonor –una mística propia, un concepto de sí y de su impagable función. Lo digo generalizando –a sabiendas de que así se traiciona con frecuencia el dato particular. Para verlo, basta con deslizarse inadvertido en cafeterías anejas –a la hora medio mañanera del café. La conversación, casi nunca recae sobre el trabajo ordinario o su anécdota concreta. Antes bien, metadiscursos que se improvisan dignamente –no reñidos con su ademán coloquial: allí se verán concitarse las relaciones de puestos de trabajo, la designación de un jefe de negociado, algún trámite cuya gestión ha ocupado el coloquio un instante transitorio –una mirada fugaz. Ayer, se habló sobre uno de ellos: FL –recién ido de esta vida. Las frases intercambiadas in memoriam dibujaban tan nítido un trazado mantenido a lo largo de los años: el escrúpulo, la diligencia más allá de su sentido, y el ademán servicial y lleno de cordialidad. Emblemas de funcionario: un modo muy humanista de entender la obediencia cotidiana. La eficacia – pero sin las alharacas del gallo profesional.

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