Sostengo que, en teatro, un buen actor no salva la flojedad de una obra –aunque la hace soportable. Una vez más, lo he podido confirmar en las tablas: Buena Gente, una obra de David Lindsay-Abaire hoy y ayer en el Romea. Lo escribo a sabiendas de que, para algunos, esta obra acredita una prestancia. Sin embargo, en el guión no advierto el interés que se pregona: porque tengo para mí que no lo posee un recorrido sin más por secuencias costumbristas de la vida de un cualquiera. Con la nobleza en el fondo –como se afana el autor en poner de manifiesto. Y es que tengo para mí que lo que le podría faltar es amplitud, vista adentro y desarrollo. Y que le sobra planicie. Ello no obsta para que el público pasara un rato agradable –salvo que se cumplió sólo a medias lo esperado: pues se advertía en las risas –no lo entiendo, por su parte- que desde los inicios muchos acudieron a reír, así, en lo escueto. Con impasse en aquellos instantes en que la obra se adentró hacia espacios diferentes que, no obstante, no alcanzaba. En el programa de mano pude leer que se trata de una obra americana. Celebrando que lo que se explana en ella es reconocible por igual en lo doméstico del ciudadano de Europa. Será porque la gente es gente. La pongas donde la pongas.

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