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Quien asistiera al concierto de ayer, sabe que Édouard Batiste (1820-1876) es músico indispensable. En el gran órgano Merklin –de la Catedral de Murcia. También sabrá, quien acudió a esa delicia, que las músicas suenan en su aire en el instrumento exacto para el que fueron pensadas. Manteniendo un acuerdo en su momento el compositor –profesor de París- con el maestro organero. Allí, en el órgano que digo, se escucharon sones perdidos en el siglo XIX –inauditos esos timbres, futuristas y melódicos a la vez y por momentos. Deslumbrantes. Curiosos –y el adjetivo no cede- los arreglos de Beethoven. Diego Innocenzi, el organista. Didáctico en intervenciones breves –magistral en el pedal y en el teclado. Con la emoción -proyectada en la pantalla- de movimiento de los pies y las muñecas: sus piernas en un baile produciendo la música –que, sin embargo, lo inspira. Es el primero de un ciclo de conciertos, con vocación de seguir en los años sucesivos. Momento hubo, hace un tiempo, en que expresé mi pesar por el escaso rédito cultural de este instrumento musical en el corazón de Murcia. Hoy, la Asociación Merklin, de amigos del órgano, hace concebir un cambio a mejor –un anhelo por venir, o una esperanza.

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