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Alguna actualidad, en las noticias de hoy, ha incidido sobre palabras de José Antonio Marina en relación con la figura esencial del Profesor. Con debate esclerótico, como suele acontecer ante un asunto de trámite –pues se despeñaban los minutos con urgencia por la tele, con remedo de interés. Por saber mejor, he visitado su página web: el Ministro de Educación me ha encargado la elaboración de un Libro blanco sobre la Profesión Docente. La redacción inicial debe estar terminada a finales de noviembre, para que intervenga en el debate educativo de la campaña electoral. Palabras, tengo para mí que en un algo improvisadas. O que no bastan a despejar una inicial confusión. Por ejemplo, si se trata de un encargo gubernamental o de partido. Y, en el caso primero tal parece, si el debate –y el consenso, si llegara, sobre el tema- hallaría su espacio sobre todo en periodo electoral. Es de destacar, no obstante, la finura del ministro –y con cuánta seriedad lo escribo- al encomendar la tarea a un filósofo: siendo como es desde siempre el filósofo un pedagogo. En el menos sesgado sentido de ese nombre traicionado tantas veces: quien conduce al niño hacia el cielo del saber. El autor ofrece, en su página, una puerta por la que allegarle sugerencias. No es mi empeño en el momento. Ocasión hubo, sin embargo y al respecto, en que un orador mantenía que la educación de los menores mejoraría ostensible –si las Facultades y Escuelas de Maestros ofrecieran en sus planes más sólidos conocimientos en Lengua Española y Matemáticas para el maestro novicio. Añadió que, en lugares, su apreciación pareció muy mal.

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