No se deje llevar el lector por la facilidad con que acude la respuesta. Pues no basta con decir que el calor excesivo –su sofoco- perturba nuestro sueño, incluso hasta romper el hilo que lo hilvana. Siendo como es, el dormir, el más exclusivo acto de concentración de la conciencia: enajenado de cualquier estímulo que en derredor se mueve –atrayéndolo todo a su mundo, a la imagen que construye y desarrolla en sus adentros. Razón por la que –hablando del sudor- cabria distinguir el yo que suda: si lo es el que sueña o el soñado. Pues siendo lo segundo, no empece al desarrollo del dormir –mientras se mantenga en el límite que la lógica autoriza, y al instinto de la vida no lo alerte. Mas si es quien duerme el que suda… Sobre todo si el sudor es agobiante –por causa de un agente exterior, o de un sueño virulento… Entonces algo peligra en la ficción que se urde –pues lo empírico del hecho, la materia de su urgencia lo reclama a la vigilia. Tal quien sueña despierto: en el amor o el trabajo, o también en la política… Jocundo y enajenado, hasta que siente achicharrarse –en la verdad- sus incautas posaderas.

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