Principio hay en la teología, según el cual el bien se difunde por sí mismo. Algo que la mentalidad moderna no concede de grado, en sus esquemas. Será por la proclividad escasa a admitir eficacia en principios de distancia metafísica. O también, por entenderse que nada hay reputable moramente –salvo aquello, en todo caso, que los hombres procuran con sus actos visibles e intenciones expresadas. No obstante que una vista en derredor mantenga la cuestión en su vigencia. Pues en el vivir –cualquiera sea la fortuna- hay un suelo para todos. Un entramado sosteniendo la gravidez de los días y las fatigas -manos secretas, enclaves anónimos, teselas diminutas que aportan su sostén sin demanda de notoriedad ni precio. Es el bien, los filósofos dijeron, que habitamos. Como un anónimo río de personas que aún perviven o se han ido –y dejaron las premisas más valiosas de la vida que tenemos. No sé si todos los santos, que hoy celebran la onomástica. Pero no el Halloween, desde luego, que trivializa el sentido –convirtiendo la verdad en mascarada.

©

Anuncios