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Y es que la mesa tiene reglas fijas casi siempre. Aunque a veces lo olvidemos –pues vemos el yantar como lugar de esparcimiento o recreo. De placer consigo mismos, y de convivio –amigable, cuando menos- con los otros. Aunque precisamente por ello: por el goce y la amistad, que se producen en el marco de un ritual placentero. Salvo cuando sobreviene un comensal desatento, embrutecido. Mirando para sí, con menosprecio del arabesco sutil que en el contexto se teje. Con olvido de una antigua dignidad, y de su propio provecho. A no olvidar, hoy también, cuando la estridencia se hace oír nuevamente en Cataluña.

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