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Ya hace años que al Yiyo –un torero en plenitud de la alegría-, un toro le rompió su corazón. Y se habló de esta muerte –como también de aquella que alcanzara a Manolete. Relegada en buena parte a una estampa colorista, por el tiempo y el desgaste de la opinión popular. Es justo, no obstante, certificar que esa multitud sufrió en su momento una honda conmoción. Yo recuerdo en la pantalla unas palabras del memorable José Luis Coll: que ante la muerte de tanta juventud y tanto brío, debería ceder cualquier halago de belleza en la fiesta nacional. Y pensé sin embargo -aquel momento- en peligro tan tamaño y tanta muerte en deportes de alto riesgo –objeto de admirado elogio en el imaginario de nuestra sociedad. No habrá de ser, por tanto, el riesgo en el toreo solamente lo que censuraba aquel humorista desde el televisor: antes bien, el juego en el que la muerte comparece –en envite o en cita. Incluso, en provocación. El escándalo de la muerte, evitado en el debate –bajo el eufemismo del derecho animalista. En un juego de belleza, fascinante y tremebundo. Tentador.

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Argumentos de tauromaquia / 2

Argumentos de tauromaquia / 1

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