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Una de las cosas que he leído en mi paso prolongado por los libros: que preguntar es más que aguardar una respuesta. Un axioma que el pensamiento va engranando con los años: desde el niño que, inquiriendo sobre objetos inmediatos, solicita una luz sobre el origen –tan cercano, de sus días. Esa pregunta que sofoca el pupitre del colegio –circunscrita a la exigencia de una solución correcta. Siendo así que el preguntar no requiere solución, mas la evita con vigor y, llegada, la rehúsa -el maestro será siempre quien ejerciera ese arte: preguntar en lo abierto, la dialéctica. Hoy, a la altura de los años que he vivido, no preciso afirmar que la madurez consista en el temple de sostener la pregunta –pues en ella siempre hay más de lo que hay en la respuesta. La cuestión, su integridad: más que un camino al saber, su horizonte de verdad. O simplemente su arte.

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