El mundo de Sofía tuvo su lugar entre público proclive, y en determinado tiempo. Aquella obra de Jostein Gaarder, que quiso novelar para púberes la historia occidental del pensamiento. Yo también sopesé aquel volumen de simplificación didáctica y ejemplos acertados. Aunque diré que de novelar escaso, y de voz de narrador inexistente o pobre: páginas de profesor para alumnos de instituto –que lograron su celebridad, y un lugar en el ranking de las ventas. Rememorar el lanzamiento comercial de esta obra, me ha hecho recaer sobre ese vicio del lector poco avezado: sucumbir al halago del texto que no exige ni cuestiona. Me viene todo esto con ocasión de un monólogo a partir de otra obra del autor, ayer puesto en las tablas del teatro: Vita brevis. Con la misma simpleza de argumento y de tono discursivo –aunque sin la coartada del didactismo, no aplicable en el contexto. Tan simple como oponer el deseo de vivir con un ascetismo religioso y rancio. Buscando la relevancia dialéctica tan sólo por lo indiscutible del adversario que inventa. Esa voz de Floria, contestando a Las Confesiones de Agustín de Hipona desde sus tiempos de amante: una voz convencional y sin vigor. Arrastrando su retórica en el atrio de las letras –perdedor siempre el autor, ante tamaño oponente.

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