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Estoy por afirmar que la ciencia se edifica por la fe. Como en siglos sucedió al levantar las catedrales. Esa fe que también es hija de penía –la pobreza. Es, así, de imaginar el lugar donde una indagación tiene comienzo: cuando el pensamiento no encuentra todavía los jalones que lo orienten, ni sus márgenes tampoco, ni tampoco sus linderos. Pues ese pensamiento se encamina a un horizonte que se intuye indefinido –pendiente de trazar, aunque presente en sí mismo. Allí, es el momento crucial en el que se planta un hombre –pues la ciencia es en su nuez una inquietud solipsista. Y, entonces, una explicación que se ensambla poco a poco –ensalmo a una mitad, a la otra esfuerzo. Con la desinencia final y aplicable: el resultado palmario y la utilidad concreta. MG me decía, de este modo, que es admirable la ciencia concluyendo una ecuación: e=m.c2 como Einstein lo hiciera. La que permite el uso militar y pacífico de la energía y la masa. Ignoraba que, en su aplicación escueta, la ecuación es cosa muy apropiada de ingenieros. Mas el científico se demora en un lugar anterior –donde la filosofía lo mueve, y su trastienda se inventa.

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