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La organización territorial de España, a partir de los ochenta, contuvo un grave error en relación con el antiguo territorio de Castilla. Esa división del reino que aspiró a la unidad peninsular, desgranándose ahora en comunidades débilitadas y dispersas –tantas veces al albur de prebostes regionales. Santander, La Rioja, Castilla-León, Castilla-La Mancha, Madrid, Andalucía -en un amplio sentido. Ahí es nada. Y no digo que la voluntad constituyente del momento no hubiera pretendido diluir, en comunidades múltiples, el vaticinable riesgo de aspiración ilegítima por parte de territorios no históricos. Mas con ello, quedó abolida la fuerza centrípeta que históricamente obrara a favor de la antiquísima unidad –perdida tras los tiempos visigóticos. De aquí que se me haga que yerran nuevamente, en contra de la Castilla que añoran, quienes pretendieran asimilarla a comunidades de nacionalismo rancio y pernicioso. Con olvido de la voluntad que por siglos la llevó fuera de sí –a horizontes vigorosos y tan amplios.

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