Me enseñaron que, en los inicios del tiempo, la escritura se asociaba a lo sagrado. Como una comunión o también un sortilegio –un ministerio más tarde, vinculada al cristianismo: libro escrito. Y muchos siglos después, románticos, los poetas: como si una posesión –un estro- se pusiera en la balanza. Todo ello, una historia y un concepto. Sobre todo cuando de aquello perdura una música en las sílabas, tan sólo, y el ingrávido juego que despliegan en su aire las palabras.

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