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Muchos escritores no releen lo que escribieron ocasiones anteriores. Yo me incluyo –aunque cada línea se relea innumerable antes de pensarla concluida. No obstante, el repaso ocasional de lo ya escrito me despierta la impresión de haber apuntalado en cierto modo el fundamento de una psicología aún inédita. Y lo escribo así, a sabiendas de que es filosofía moral cualquier psicología que bien se precie. Valga este exordio, de este modo, para apuntar sobre el tema que se anuncia en el rótulo que enmarca esta entrada. Pues la decepción no es sino un modo burgués y sibilino de la sensación más cruda: la de sentirse frustrados. Ante una expectativa que nos incumbe y queremos. Y así, más que la estoica decisión de obliterar los deseos, es sabiduría saberlos como busca de sí mismos –sin la edulcorada pretensión de reputarlos con olvido de sí, tal si desinteresados fueran.

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