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En algunos bares muy antiguos y de pueblo –en zonas de flamenco- era usual que un cartel en la pared rezara de este modo: se prohíbe el cante. Lo que no resultaba usual es que un cartel prohibiera meter bolas –como en el antiguo de López Correa, en el barrio granadino del Realejo. Pero la singularidad de este bar la dejaré para ocasión venidera. El caso es que lo que en él se prohibía a la popular clientela era algo así como el pronunciamiento de trolas –mas con otra alevosía. Porque la trola constituye un embuste, pero con nítido final de recorrido: se miente, en general, para hacer creer que sucedió cierto hecho que en realidad jamás sucediera, o que las cosas son como no son –en algún preciso aspecto. La bola, sin embargo, es más confusa. Tiene que ver con la falacia o sofisma, aunque de ejecución chapucera: como la hipérbole política de publicitar un logro universal a partir de la aplicación de una mediocre medida, o la impertinente tabarra del borracho de taberna que se empeña en demostrar un conocimiento superior de cosas que no conoce. Con efecto -en ambos casos- de contaminar la comunicación, anular la confianza y enrarecer el ambiente. Sólo que la bola es residual en la taberna española, pero en política sigue.

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