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Qué importante es la memoria,, lo sabemos porque la conciencia de sí mismo se disgrega en la medida en que el recuerdo se pierde. De aquí esa degeneración, de la vejez sobre todo, que nos priva de cuanto fuimos y cuartea lo que somos en un juego movedizo –enloquecido y fatal, de azulejos inconexos. Aunque nadie dice tampoco que el recordar sea tarea placentera. Y no sólo por la cualidad de las cosas recordadas, ingratas en ocasiones: sino por la ilación que nos lleva de una en otra –esa serie de placeres, de dolores y de días, hilvanándose en dirección de una sombra –que, por más desconocerla, se levanta a nuestros ojos como si constituyera un particular destino.

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