El infierno son los otros: una frase lapidaria que esmaltaba la pose estudiantil de hace decenios -entre otras de impronta existencialista llenas de pesimismo, y creíamos de hondura por lo tanto. Años de universidad, tras cuya perspectiva alguno se pregunta cómo pudimos, tan jóvenes, haber querido ser tan serios. Y no entiendo que se trate tan sólo de la perspectiva de la edad sobre los años que pasaron: pues la juventud ahora es de pose menor, sin esos miramientos, con ritmo aligerado y con juego de cintura. Pero iba al asunto del infierno y de los otros: lo que sólo en casos singulares de grado se concede. Sobre todo cuando el infierno adviene arreado en la estulticia: convivir, más o menos –un aspecto-, con un tonto. Donde el convivir se acaba… pero, como a veces se dice, el tonto sigue.

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