Que las cosas vayan bien en lo social, razonablemente al menos, para algunos tiene a veces el dejo de una cosa habitual y consabida. De modo similar a la rutina que despliega por detrás del mostrador el veterano empleado de aquella tienda de barrio –droguería, por ejemplo-, o el tenaz manguito gris del funcionario. Entonces sucede en cada cual un acoplarse al bienestar cotidiano, a la esfera privadísima –individualismo de trabajo, de placer y expectativa. Otros, también, buscan y hallan incremento en esas aguas apacibles –iniciativa, junto a inquietud y motivo. Lo hemos conocido en esta Europa, en momentos bonancibles. Como también conocimos los instantes de una quiebra inesperada –un súbito crack, con origen no se sabe si en la esfera moral o en el campo de negocios y dineros. Momentos de emergencia de idealismos preñados de ambición y de interés personal en política. Con desconcierto que, a diestras y a siniestras, agita todo el terreno donde juegan convicción, seguridad y creencias. Sin saber en qué momento se hubo visto cuestionada la cordura: si en la aquiescencia burguesa que acarrea la bonanza, o en el desnortado impulso de improvisación –ocurrencias, casi inventos.

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