Hay quienes mudan de piel varias veces en la vida. Me refiero a esos cambios que se advierten o no por los afueras, pero orientan hacia modos cambiantes de ver y valorar en muchas cosas. Y viene a suceder, en tales ocasiones, que la piel que se adquiere se compra a cierto precio de idealismo. Tal si fuera un progreso moral conducente a un modo nuevo –lejano al interés que movía su actuar en el pasado. Un modo de engañarse –propósito de no mirar a los ojos el provecho personal que se pretende. Como aquella querella del amor puro concluyera en teología: que no sería legítimo el amor a Dios, si se supiera que por ese amor habría de condenarnos –con desprecio de sí, de su bien, de su persona. Señalando un interés taimado e insincero, en cualquiera de las formas que adoptara el misticismo.

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