Expresiones hay que, incuria o impericia por en medio, tienden a extinción en el lenguaje. Y tal vez la aceleración del discurso en el medio virtual, televisivo o radiofónico, favorezca ese declive. No ha tanto, se usaba el eufemismo hacer aguas para hablar de las privadísimas acciones de orinar o de la defecación –según esas aguas fueran menores, o mayores al contrario. Cosa diferente del hacer agua –en singular, así- para referirse al barco cuya quilla no contiene en grado suficiente la presión de las aguas marinas circundantes, y amenaza con naufragio. De donde viene el uso analógico de la expresión hacer agua para negocio cualquiera, o asunto que peligre. Dos expresiones diferentes –si de semejanza sutilísima, sólo apreciable para finos amadores del lenguaje. El diccionario mantiene, sin embargo, una equivalencia de hacer aguas con el hacer agua marinero, si bien como concesión o acepción segunda. La turba periodística, empero, ha obliterado el singular en la referencia al líquido elemento: todo es ya hacer aguas ante cosas aquejadas de debilidad, coyuntural que fuera o bien constitutiva. Tal vez porque el cagar o el mear, así dichos llanamente, hayan devenido signo coloquial y de franqueza –lejos ya de la distinción que otrora aconsejara el respeto inherente al eufemismo.

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