A las ciudades les alcanza también esa ley universal de la experiencia –la nuestra, la que hacemos de su tono y de su aire. De sus calles. Hay un tiempo para descubrirlas, cortejarlas, poseerlas –y también para tener a la postre su idealismo albergado en el recuerdo. Incluso añadiré que cristalizan en ese ámbar del afecto y la memoria, con velocidad variable. Mi experiencia me ha dicho que con más lentitud las que gustamos en visitas espaciadas –por aquello tal vez de que así se fatiga en medida menor el sentido que las gusta. También están aquellas que habitamos unos años –que conocimos con intimidad habitual, o costumbre cotidiana. Estas ciudades, mi sentir, nos amoldan poco a poco a sus contornos. Las he gozado como un descubrir permanente y novedoso -mas dentro de un fanal, una clausura en la que brillan y nos tiene. Su recuerdo, tan rotundo que ahuyenta el sentimiento de nostalgia: por sentir que desearlas nuevamente es retroceder un tanto, una vuelta a su tiempo cancelado si gozoso. Y también las hay soñadas: ciudades existentes, conocidas por azar y circunstancia, que nos llaman a lo lejos –sin saber el por qué de esa llamada, sin que aspire esa voz al regato en el que fluyen los recuerdos.

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