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No es la primera vez que aludo en este Blog a la invención de algún milagro. Que recuerde, sin esfuerzo mayor de la memoria, escribí en ocasión sobre el milagro astigitano de Jesús sin soga. También sobre un milagro de San Vicente Ferrer, pregonado en una calle de Morella. Dos historias que reclaman la adhesión a la figura que efectúa el prodigio –por vía de piedad, o devoción maravillada. Otras veces, la invención del milagro viene a legitimar una devoción ya existente en el momento. Así la leyenda de La moza santa, en la localidad de Sequeros –provincia de Salamanca, en el centro de esa sierra que por repoblación medieval se conoce como la Sierra de Francia. En este lugar se muestra una modesta casa donde habría morado a comienzos del siglo XV una tal Juana Hernández –de familia de judíos conversos, según la historia lo cuenta. Se dice que, muerta ella y antes del sepelio, resurgió momentáneamente para anunciar lo que acababa de serle revelado en su traslado al trasmundo: que en lugar desconocido de esa sierra una imagen de la Virgen llevaba doscientos años sepultada –y que sería descubierta por varón en los años venideros. Profecía corroborada diez años después por la tenacidad de un joven francés a quien una visión le anunciara que había sido designado por la providencia para lograr ese hecho. Simón Roland era el nombre –después Simón Vela, apellido que recibió de la consigna de lo alto: vela, Simón, en pos de tu designio. La Virgen de la Peña. Que habría por entonces devotos de esta imagen, no lo dudo. Pero sabe más a popular la devoción, si se arropa de una historia colorista –sin verdad defendible. O, expresado de otro modo, imposible y por ello verdadera.

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