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Junto a la iglesia de San Vicente, de Ávila, hay un humilladero. Esos pequeños templos levantados en las afueras de las urbes –extramuros- donde el viajero depositó una oración breve y genuflexa al iniciar el camino. Estos lugares fueron concebidos para que el devoto ofreciera su oración desde el portal –como quien se detiene un instante esencial en su andadura. Vengo a decir esto porque este humilladero muestra una esplendorosa talla de un Cristo crucificado –anónimo, siglo XVI. Una contemplación que no debiera eludir quien visite la ciudad por la razón que fuere. He visto desfilar esta imagen, nocturna y con escasa comitiva, hasta llegar a la hornacina donde tiene su lugar cotidiano a la mirada de quien pase. Pregunté a un costalero principal por el lugar de donde la comitiva procediera: venimos del convento de ‘Las Madres’. Lo llevamos hasta allá en correspondencia por un detalle que las religiosas han tenido con la hermandad –ateniente a un asunto de reliquias. Gobiernan esa imagen con unción –con traje de chaqueta azul oscuro, de respeto. Y me añade: el Cristo desfila Viernes Santo. A las cinco de la madrugada con el frío abulense y acompañado de almas en número de cinco mil todos los años. Y con orgullo y discreción hermanados en su gesto, añade de consuno: se debe comprender que esto es Castilla. Veo en este hombre reciedumbre de carácter. Franqueza, mas sin campechanería ni confusión de papeles. Un carácter de Castilla. O de la devoción que practica –a la que sirve. O de la Contrarreforma que pervive en las ciudades, afianzadas en los siglos, de esta tierra.

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