A veces doy en pensar en la inexorable gravedad de la razón de Estado –oscura como es, accesible tan sólo a un reducto de allegados, velada por lo tanto al común de los votantes. Por lo demás, un concepto cuyos límites extendió hasta el abuso un modo de ejercer la democracia: de razón tal conveniencia ocasional e imponderable que desplaza la exigencia de moral o de decoro, al marrulleo que retuerce la retórica en los incumplimientos que recorre día a día el gobernante. En ambas circunstancias, una zona de sombra en la faz de los electos –que cada vez se extiende más al común territorio en que recae la gobernanza. De otro modo: la doblez que arruinó –no sé hasta cuándo- el crédito exigible a los ojos ciudadanos.

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