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Que las elecciones generales venideras revisten importancia imprevisible para España, es cosa que bien pocos relegarían a la duda. Y que el cuerpo electoral lo presiente de algún modo, lo denota el silencio –la aparente indiferencia- que mantiene ante esos hechos futurizos. Tal la calma –así se intuye- que precede a una cíclica tormenta. Entre tanto, los actores de política velan armas en silencio. Si por tal entendemos el refugio en el propio argumentario. Quizás también por la impresión de que los hechos rebasarán con mucho proclamas o estereotipos. Con estrategia a la baja: buscar que al elector simplemente no incomode escoger la papeleta. Por evitar confrontarlo con la gravedad del gesto consabido –la responsabilidad que pesa en la acción de agravar una urna con el voto, la que se querría ver reducida a nimiedad o más bien diluida en el conjunto.

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