Hay una honradez del profesor –más allá del cumplimiento escrupuloso del oficio. Yo lo experimenté en los años en que ejercí la docencia. Pues lo que es profesor, lo soy y lo seré sin defección –así lo creo. Una honradez que aprendí como exigencia en los ávidos ojos de los jóvenes ocupando sus pupitres. Alumnos confiados en la autoridad de la palabra, vulnerables todavía en el concepto. Aprendí que es honrado enseñarles a buscar –que no trasladar la opinión inflexible del adulto, con su dejo de arrogancia o prepotente. Menos todavía si es en lo capcioso, con abuso del prestigio del estrado. La libertad de la cátedra no puede consistir en ese abuso doctoral del intelecto. Recuerdo, entre otras lecciones y por traer una, que hablaba en ocasión sobre las artes. Mostraba a los alumnos que, ante una obra dada, pudiera encontrarse una opinión de que era artística –y otra en lo contrario, o enfrentada. Y de ellas, ninguna demostrable. Tal si el arte resultara indecidible en lo absoluto. Les decía que más bien consiste en un buscar, un enjuiciar sin imponer un final definitivo. Experimentando consigo y la experiencia, tentativa o camino de encontrarse.

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