Me contó lo que la dependienta de una óptica le había dicho –sobre ese vicio del ver, cuando se cansa: la presbicia. Que comienza a los cuarenta. Qué carajo –me decía. Que, si uno a los cincuenta se maneja sin las lentes –diez años de bienestar que ha ganado. Y si es a los sesenta, pues veinte entonces. Y así, me encarecía ese modo de contar –de reputar años ganados aquellos que ya se han ido, o perdido en el pasado sin saberlo. Para siempre.

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