En los tiempos de mi abuela, a los hombres muy leídos se los llamaba sabios. Como una especie existente, pero sólo en la opinión de la gente popular –aunque no en su cercanía, ni tampoco en su experiencia. Y se decía también que se iban quedando calvos por leer libros tan gordos –tan serios como leían, solitarios y frecuentes.

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