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Las redes sociales producen, entre otros, un efecto: la devaluación de palabras que poseen una carga moral –un valor, en contextos ordinarios. Entre ellas, y no en lugar postrero, la palabra compartir. Destinada a designar aquello que, por habernos atraído de algún modo, lo comunicamos para que pueda ser visualizado o leído por parte del conjunto de contactos. No es pequeña esa asimilación callada, no sé si torticera, de lo que comunicamos meramente con los bienes que de veras compartimos. Pues entonces -en sentido ordinario que decía- cedemos el uso, la propiedad y el disfrute de lo que con otros se comparte: el pan, la vivienda, los dineros –no tanto la amistad que, más que compartida, se dispensa. Y así, facebook o twitter por ejemplo, obsequian con esta satisfacción al distraído usuario: la de compartir, sin costo ni pérdida aparente. Tal si el publicista compartiera algo suyo en los carteles que exhibe –por el hecho solo del placer con que lo hace, o del gusto en comunicar lo que reputa atractivo.

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