En el pueblo se dice de la calor prolongada en los días más intensos del verano, que va cargando la atmósfera. Sin que los hablantes sepan aclarar en qué consiste ese efecto, si acaso les preguntan. Sin embargo, esbozan un gesto corporal ungido de elocuencia: doblando, lateral, el cuello -la mirada con sesgo en diagonal hacia la atmósfera. Los ojos, que no alcanzan a fruncir un ceño –mas lo apuntan. El rictus de los labios denotando la actitud sufrida de quien se sabe incapaz de remediar el sofoco ambiental, pero se afana en oponer una superioridad sufriente. Ayer, un hombre sin estudios lo decía: que la atmósfera estaba de tormenta. Sin nubes en el cielo, aunque un azul clariblanco y de tensión y enigma -un algo presagiaba. Y después, goterones –gruesas gotas de agua cayendo desde el cielo, obedientes a la gravidez de la nube que –invisible- alivia sus enaguas. Goterones, gotas lentas sobre el tórrido asfalto que evapora al momento su llegada. O sobre la tierra que, al contacto, se torna de reseca en polvorienta. Impregnando, en ambos casos, de bochorno el ras del suelo.

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