La prohibición, su precepto, tiene una forma lógica no usual en el lenguaje que se habla. Una forma afirmativa. Así, por decir un caso o un ejemplo, para prohibir saltar una valla –y evitando el llano prohibido hacer tal o cual cosa– se podría escribir en un cartel: es preceptivo no saltar la valla. Incluso, si desnudamos su forma lógica en el modo afirmativo, cabria el rebuscado hay que no saltar la valla. Aunque sospechando ineficacia en la consigna, por causa de que el común no percibiera la interdicción con presteza suficiente. Y esto por hablar de algún modo, pues todos cuando hablamos recurrimos al no hay que como muestra de interdicción ante algún hecho. No hay que mentir, no hay que robar, o no hay que saltar tal obstáculo –por decir algunos casos. Ese baile de la negación, del adverbio, que se muda desde el interior al inicio de la frase –modulando la prohibición escueta, hacia un lado más al tono del proceder persuasivo.

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