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En mi impresión, me cuesta deslindar la actual militancia antitauromáquica –de la corrección política, y la pose postmoderna. Advierto un algo, un no sé qué de complacencia moral consigo mismos. Hoy, sin más, escuchaba en la pantalla a un novicio alcalde de agrupación popular sobrevenida apenas: que haría lo posible por erradicar el espectáculo taurino –por razón de ética decía (el maltrato animal, como se sabe), y por motivo económico. Y me da, miren ustedes, que el argumento segundo venía a brindar coartada en retaguardia del primero. Sobre este asunto yo escuché hace años que Dominguín –matador de toros reputado- preguntaba a señora animalista: pero, ¿me puede decir qué animal se come sin antes darle muerte? Pues yo, por aquello de que los argumentos se analizan mejor ubicándose en la perspectiva o lugar de quien los dice, he dado en pensar que no todo antitauromáquico es de por sí vegetariano. Que lo que se repudia es tal vez que la muerte del animal se ofrezca en espectáculo. O que ese espectáculo haga gala de no sé qué crueldad y exalte el sufrimiento. Asuntos que darían abundancia de qué hablar –si se lograra un lugar de ilustración, alejado de la flojedad retórica del dogma decadente.

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También: Argumentos de tauromaquia/2

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