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El sentido egocéntrico de la culpa es propio de una infancia saludable. Ya se sabe: el temor por el ojo omnipresente del padre, su castigo –después de haber satisfecho el principio inmediato del placer que lo apremiaba. Salvo cuando ese niño es malcriado, y entonces extiende su placer sin cortapisa. Pero no crea el lector que pretendo en estas líneas un análisis de la infancia y su complejo. Al menos, no tan sólo. Una semejanza más bien con los sucesos habidos entre Grecia y entre el euro. El plato roto de un referéndum con espantable No en la cara del padre poderoso –aguardando consecuencia que sólo un temor inconcreto vaticina. El padre –con su rostro y con su emblema: el brazo peliagudo de Germania. Y después, una negociación de fuerza que reconduce las tornas y el lugar del país –el paterno bofetón en la feble mejilla del infante. Incertidumbre, los dos, tras el uso de la fuerza: en el símbolo de la consulta popular, o en el dinero. Hoy leo, de Thatcher, que el euro no es cuestión de economía –siéndolo tan sólo y sobre todo de política. Con la incertidumbre que en el fuerte y en el débil origina la tensión –y su horizonte de camino hacia lugar inconcebido, de amenaza en lo interior o de ruptura.

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