Vivir, en la niñez era evidencia. No certeza de que habría un momento subsiguiente –mas la de habitar el instante quizá eterno sin saberlo. O existir sin más razón y sin discurso, en la inmediatez que le brindaba su conciencia. Y después, con el paso de los años, su vivir fue voluntad que lo empujaba –empeño de afirmarse en una juventud y vida adulta: cuando el saber de un final (no su experiencia) tocaba de temor y finitud todas sus cosas. Iba así celebrando cada instante –carpe diem– en un anticipar de su final como drama en su conciencia. Por fin, no el desengaño mas el tiempo ya vivido, le enseñaba el amor en la distancia: tiñendo de amarillo encanecido y de belleza cuanta vida a sus espaldas fue quedando. Para comprender que vivir le fue tan bello… Tan bello como un arte –que no importa.

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