Hay escritores que hacen profesión de su escritura. Y no lo digo en el sentido aristocrático que la palabra profesión tiene en contextos, ni tampoco en el plebeyo de quien desempeña una labor con la que vive, o bien malvive, o pretende sustentar a su familia. Digo que los hay que escriben como profesionales –que de la publicación han hecho una parte de su oficio. También los hay que escriben por amor –haya arte, o no lo haya en su escritura. También aquí quiero introducir un inmediato reparo: no digo por el amor de qué se sientan a ordenador, o ejercitan el ritual de su pluma. A veces, sucede que por amor de sí solamente –como un narcisismo, no por común menos sublimado. No obstante, y considerando que este post ya rebasa la mediana extensión que suelo concederme en este plasma, rehuiré ambos extremos: trayendo a presencia al escritor más común, el que escribe por placer y otras veces por trabajo. Y que querría –como todos- subsumir en su placer la servidumbre que acompaña al oficio. Este escritor suele volcar su ilusión en los temas que sólo a medias conoce, en los que va descubriendo –por el brillo de mostrar lo que ya recién atisba. Escribir sobre lo que queda a la espalda, o lo que ya está sabido –es cosa más segura o doctoral, pero menos divertida.

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