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Cualquier medievalista, novicio o avezado, encontrará recursos en la Historia –para denunciar la falsedad, lo prejuicioso de reputar edad oscura la que comprende el Medievo. Tropezará con la figura universal del rey Alfonso el Sabio –sus Partidas. Una descomunal figura desactivada en la conciencia colectiva -por su condición divulgativa, y su reducción al tópico escolar periclitado. Ese rey cuyas entrañas reposan en la Catedral de Santa María, de la ciudad de Murcia –que soñó con el fecho del imperio. Es cosa significativa relatar ese sueño, cuando ni se barruntaba el imperio que sería bajo otros cetros –el reino, en cuyos confines el sol nunca se puso. Pero en la ensoñación no realizada del Rey Sabio, otro jaez adornaba aquel imperio: recuperar en lo cristiano la unidad de la Europa que fue en su nacimiento –la quintaesencia secular de Roma Eterna. No es mal recordarlo cuando hoy Europa se funda y se desfonda. Tantea y se discute en los adentros. Como una vocación recurrente -que ni frustra ni realiza la verdad de lo que sueña.

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