Como los leedores de Historia lo saben, la unidad política peninsular –bajo Isabel la Católica, y Fernando- no se libró tan sólo en los frentes fronterizos de los moros. También hubo una pugna interior con la nobleza: esos castillos hechos feudos, que empujaban en sentidos divergentes al interés general que se gestaba. Y de ahí, la demolición de castillos y el desmochado de torres. El Estado moderno, en su germen se gestaba. Después, los siglos han ido alternando el balancear del mismo péndulo –hasta la ultimísima Constitución española de este siglo: encomendando el impulso centrípeto del territorio a la fortaleza de partidos nacionales. Garantía insuficiente, cuando ellos mismos se han visto sometidos a desgarramiento –o despiece en ocasiones- por las fuerzas de barones autonómicos que empujaran en erráticos sentidos divergentes –en función del interés que en sus feudos provincianos respectivos columbraran.

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