Algo que se sobrepasa con los años –la solemnidad, si es que alguien en su juventud la tuvo. La actitud expectante ante el arte, ante la obra, de la que aguardaba secreta su belleza y un misterio. El pulsar de las palabras en los versos juveniles. O ese reclamar una hondura en los lances amatorios, el cortejo. Después, los años desnudando una verdad que no sublima su presencia ni la arropa: la belleza cotidiana de la obra –que acompaña al paseante, sin que busque ni reclame aquel tributo. Las palabras diciendo lo de siempre, lo que importa. O el amor que redime cada instante –en lo escueto, y en lo breve de sus días.

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