Aquel adolescente escribía para no desmerecer, si el tiempo alguna vez terminara consagrándolo. Un error de juventud –que, cada vez, los jóvenes han ido cometiendo en medida decreciente. A fuerza de buscar el aplauso en lo inmortal, ignorando su presente. No fue, sin embargo, perdido tanto esfuerzo: una adquisición de maestría, de diferentes estilos, de dominio de las letras. Hasta que su madurez y prosa alcanzaron esa altura: adentrarse en las cosas que se viven –en ese compromiso, mas fingiendo que se habitan desde fuera. Sin confundirse con ellas. Como si no le alcanzaran.

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