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Con JLM mantuve, años ha, frecuente conversación en temas de cultura y pensamiento. Era yo mozo y entusiasta de la cultura y los libros –como hoy, si bien el entusiasmo se matiza con el tiempo. Recuerdo ocasión en que conversé con él sobre la relatividad del gran Einstein –y le formulé esta cuestión, con la honradez de quien desea tantear en el terreno que ignora: por qué la teoría relativista explica la transformación ecuacional de la energía y la masa, con el patrón invariable de la velocidad de la luz elevada a su cuadrado. Qué tiene la velocidad de la luz para merecer tal privilegio. Mi contertulio, sabio como es y como era, repuso con inteligencia grande: que incluso una explicación tan versátil, sorprendente, imprevisible –como lo es la de Einstein- precisa de un patrón o consistencia, de una magnitud estable, en el movedizo corazón de su vorágine.

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