Seguro que comparten ustedes mi fascinación por la luz. Esa condición sin la que nuestros ojos perderían su aptitud para ver. Y seguro que muchos de ustedes comparten también el amor que Velázquez dejara para siempre capturado en la copa de su Aguador de Sevilla. Prodigio de hermanamiento de la luz y el agua clara. Advierto allí una intuición –más que una maestría, o que un hallazgo sin más. Esa copa la he visto después en Ramón Gaya, pero sin agua y exenta –prodigio diminuto de un fanal que tiene razón de ser sólo en sí. Después la encuentro, mediocre y multiplicada, en copia de artistas plásticos –como se llaman a veces- llenando copas de una técnica aprendida, o una sola imitación.

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