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Alguien recordará el origen de esa formación que se llama todavía Izquierda Unida. Una ola, en los inicios, de izquierdistas aglutinándose después del referéndum de incorporación a la OTAN –en España. Con ese regusto de sentirse traicionados de algún modo por el PSOE de González. Después, el golpe de mano del Partido Comunista, cuando se arrogó la preeminencia y el control del movimiento naciente. Y después, la casi identificación entre esa agrupación y el susodicho partido. Pero no es esa historia el motivo central que aquí me ocupa. Relativo al desastre electoral en los comicios recientes –con casi desaparición: engullidos por la izquierda populista recrecida hasta un extremo. Yo tengo para mí que fueron los propios dirigentes quienes borraron de antemano los límites que pudieran alentar o construir una propia identidad política –aptitud de asegurar una continuidad, una sólida presencia. Y si no, recuerden ustedes las escenas callejeras que han venido ejecutando con teatro en el lugar que debiera ser solemne de las Cortes: con pitos, camisetas, campanillas… Lenguajes baja estofa en ocasiones. O abandono de las tareas propias de la representación política, para unirse en el acto a manifestaciones antiparlamentarias en las puertas del Congreso. Sin el contrapeso de un discurso con solidez, lo bastante contundente: un me opongo engarzado en los tópicos comunes de un sector, una región ideológica, una época. Abatiendo sus contornos, su propuesta por llegar y sus fronteras –sin saberlo y ofreciéndose a algo informe que avanzaba, populista, confuso y emergente.

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